[Relato corto] Motel Williams (Parte 1)

John McCarthy era un camionero felizmente casado y padre de dos niños pequeños. Trabajaba tres semanas al mes cruzando la autopista interestatal 90 de costa a costa estadounidense. Casi cinco mil kilómetros que separan el estado de Washington y el de Massachussetts, pasando por trece estados diferentes. Sus servicios eran contratados por diferentes empresas del país que pagaban muy bien.

Solo disfrutaba una semana al mes de sus seres queridos pero así se aseguraba un buen futuro para ellos. Era un buen profesional, siempre realizaba las entregas a tiempo las cuales solían ser mercancías varias.

Era diciembre y se acercaba la navidad, y John tenía claro que quería pasar esas fechas en casa. Debido a la falta de camioneros, John podía permitirse coger unas pequeñas vacaciones sin temor a represalias. Así que decidió que con lo que había ahorrado podrían aguantar hasta enero y pasar una tranquila navidad en familia.

El día dieciséis recibió una llamada de una de las empresas que lo contrataban. El gerente, Louis Phelpman, le comunicó que tenían que hacer una entrega urgente y que le necesitaban sí o sí. John no quería dejar a su familia otra vez y rechazó el reparto. Seguro que habría otros camioneros a los que les interesara la oferta.

Pero Louis Phelpman le explicó que no era así. Le suplicó que cogiera el encargo ya que era de suma importancia que esa mercancía llegara a su destino antes de nochebuena. Le pagaría lo que él quisiera, sin rechistar. Tenía que ir a recoger la mercancía a Springfield, Illinois y llevarla hasta Nashville, Tennessee, lo cual no representaban más de seiscientos kilómetros desde el punto de recogida hasta el de entrega.

El problema era que John residía en Boston y eso le comportaría hacer unos mil ochocientos kilómetros de ida y otros mil ochocientos de vuelta, más los seiscientos de Springfield a Nashville. John habló con su mujer y llamó a Phelpman. Le propuso una cifra. La mitad por adelantado y la otra mitad al terminar. Phelpman aceptó.

John llevaba más de veinte años en la carretera y esos cuatro mil kilómetros no le asustaban. Calculaba que saliendo al día siguiente en unos cinco días podría estar de vuelta a casa, seguramente para el día veintiuno o veintidós de diciembre. Debería llegar a Springfield el segundo día por la noche, recoger el material y llegar a Nashville al día siguiente siguiendo la interestatal 24 que recorría más de quinientos kilómetros desde el estado de Illinois hasta el de Georgia, cruzando Kentucky y Tennessee. Descargaría en la mañana del tercer día y volvería a casa llegando con un poco de suerte el quinto día a mediodía, es decir, el veintiuno si se daba prisa.

John estaba descansado y emprendió el viaje con ganas y fuerza, sabiendo que sería un trabajo sencillo.

A los pocos minutos de terminar la conversación con el gerente ya tenía el dinero ingresado en su cuenta. Fue a dormir temprano dispuesto a levantarse a las tres de la mañana para no perder ni un minuto y emprender la marcha hacía su destino, y así lo hizo.

Cogió la autopista dirección Illinois. Le quedaban por delante unas quince o diecisiete horas de conducción. No tenía prisa, había calculado cada minuto con precisión y disfrutaba conduciendo.

En unas seis horas, sobre las nueve de la mañana pararía a desayunar. Seguiría conduciendo hasta las tres, momento en que volvería a parar para comer y sobre las cinco se volvería a poner en ruta hasta que llegara la noche y pudiera parar en algún sitio a descansar. Al día siguiente seguiría la misma rutina para llegar a su destino sobre la noche a recoger su mercancía. Esas dos noches se quedaría a dormir en el camión. A las seis de la mañana volvería a ponerse en marcha.

Hasta Nashville ya solo le faltarían 600 kilómetros que haría en menos de ocho horas tranquilamente. Tal y como preveía, sobre las cuatro llegó a su destino y descargó. A las seis de la tarde ya había cumplido su cometido, solo le quedaba volver a casa.

Se puso al volante y prosiguió. Sobre las siete de la tarde notó algo extraño. Una niebla espesa apareció de repente de la nada e inundó la carretera en cuestión de segundos. John aminoró la marcha. Puso las luces antiniebla pero aún así era prácticamente imposible ver nada a más de un metro de distancia del camión. No podía detenerse en ningún sitio, debía seguir hasta encontrar una gasolinera o algo parecido.

Había pasado una hacía diez minutos y era muy improbable que volviera a encontrar otra hasta pasados muchos kilómetros. Estaba en una zona apartada de todo, solo tenía una larga carretera por delante y una visibilidad nula. John había vivido días de niebla pero esa niebla era diferente. Le dejaba una mala sensación en el cuerpo que no lograba entender.

La radio empezó a hacer interferencias y se apagó.

Pasaron unos veinte minutos y un relámpago hizo que el camionero saltara del asiento y se pusiera la mano izquierda en el pecho de manera inconsciente. Empezó a llover y el agua comenzó a disipar la niebla que poco a poco desapareció y dio paso a una cortina de lluvia.

Al recobrar la visión, John se dio cuenta de que algo había cambiado a su alrededor. La carretera tenía un aspecto distinto. Estaba seguro de haber seguido la ruta marcada, no recordaba haber cogido otro camino pero esa no parecía la autopista por la que había estado circulando hacía pocos minutos atrás.

La radio volvió a encenderse. “Welcome to the Hotel California, such a lovely place…” sonaba ahora sin ninguna interferencia.

Eran ya más de las ocho de la tarde y todo era oscuridad y lluvia. John vio algo a lo lejos. Unas luces al final de la carretera. No era otro vehículo, de eso estaba seguro. A medida que se acercaba iba haciéndose una imagen de lo que tenía delante. Un gran letrero con luces de neón que invitaba a desviarse a la derecha: “Motel Williams”. Paró sin pensarlo, era su salvación. Pasaría allí la noche y así podría descansar.

Estacionó el camión. En el aparcamiento había unos quince coches y un par de autocaravanas. Era un terreno grande, a unos veinte metros se encontraba el establecimiento. John entró. Era un edificio grande con tres pisos de altura. Nada más entrar, un bar restaurante de unos ciento cincuenta metros. A mano derecha una larga barra de madera antigua y a la izquierda las mesas.

En un televisor viejo grande con un aparato de VHS debajo colgado de la pared se veía una película antigua. En la barra una chica joven, de unos veinte años, limpiaba vasos. Era morena con los ojos azules, llevaba el pelo cardado, tenía un volumen bastante impresionante y le llegaba a los hombros. Lucía una diadema con un lacito rojo a juego con el delantal. Un poco más adelante un señor mayor detrás de la barra, posiblemente el dueño, un hombre de unos sesenta y largos, cabello canoso, bigote también canoso y mirada desafiante.

En las mesas unas cinco personas, todo hombres de mediana edad. Nada más entrar John todos se giraron al unísono y sus rostros reflejaron la misma actitud. Entre sorpresa y miedo. John estaba cansado y no le dio importancia. Se acercó a la barra y se sentó en uno de los taburetes cerca de la chica. Esta, al igual que los demás, no le quitaba el ojo de encima. John se giró hacía el televisor y reconoció a Jack Nicholson en la pantalla.

—»El resplandor», de Kubrick. Muy buena—. Dijo esbozando una sonrisa.

La chica lo miraba con los ojos como platos mientras seguía secando sus vasos con un trapo de algodón blanco.

—Disculpen, llevo muchos kilómetros con el camión y creo que me he desviado de la ruta. ¿Tendrían alguna habitación libre?

La chica seguía mirándolo con sorpresa. El hombre mayor se acercó y cruzaron las miradas un instante, hasta que finalmente él habló:

—Por supuesto caballero, tenemos habitaciones disponibles. Son veinte dólares la noche. La cena se sirve a las nueve.

Cogió una llave de debajo de la barra y se la ofreció a John.

—Tiene la número dieciséis. Esperamos que se encuentre cómodo, señor.

Nadie en el salón le quitaba la vista de encima. Había enmudecido todo el mundo. John no le dio importancia, cosas de pueblerinos, pensó.

—Subiré a darme una ducha y en seguida bajo a por la cena. ¡Estoy hambriento!

Y así lo hizo. La habitación número dieciséis estaba en la segunda planta. Subió unas escaleras de madera muy viejas y desgastadas por el tiempo que hacía que no se les hacía ningún tipo de mantenimiento. Entro en la habitación. Aquello era un tugurio de mala muerte. Las paredes estaban vestidas con un papel de los años setenta estampado con flores de lo más horrendo. La cama también tenía unos años así como las sábanas a juego con la pared. Reinaba en la habitación un olor a moho bastante desagradable.

Al entrar al baño la sensación era la misma. Parecía que se había teletransportado treinta años atrás. Unas baldosas de color rosa pastel con un grabado también de flores hacían que viajaras en el tiempo.

John abrió el grifo y dejó que la bañera se llenara de agua. Se percató en seguida que tenía que llamar a casa y sacó el teléfono móvil de su bolsillo. No tenía cobertura. ¡Cómo no! Miró la pantalla de su aparato y vio como parpadeaba. Hacía cosas extrañas, empezaba a cambiar la pantalla a un ritmo frenético hasta que ésta se volvió completamente negra. Se había apagado.

Genial” pensó. El teléfono se le había infectado con algún virus.

Lo apartó y se desnudó para meterse en la bañera. Se sumergió en el agua templada un buen rato. Era curioso, desde que apareció la niebla John tenía la sensación de haber perdido por completo la noción del tiempo. De repente eran las ocho y de repente eran las diez de la noche y ni siquiera se había dado cuenta. Salió de la bañera y se vistió. Tenía hambre y no quería que esa gente tan extraña le dijera que ya habían cerrado la cocina.

Bajó tan rápido como pudo y volvió a aparecer en el salón-bar-restaurante. La misma situación de antes. Todos mirándolo expectantes. Los cinco hombres de las mesas estaban acabando de cenar. También lo hacían la camarera y el dueño en otra mesa apartada. John se sentó. La chica se levantó y sin inmutarse se dirigió a la cocina, de la cual salió al momento con un plato de sopa de tomate en una mano y otro con un pastel de carne en la otra, y plantándose delante de John dijo con muy mala gana:

—Es el menú del día, espero que lo disfrute.

John le dio las gracias y a continuación empezó a devorar con ansia su cena. Tenía mucha hambre. La comida no era gran cosa pero a John no le importaba. Hubiera engullido un plato de verduras hervidas rancias si con ello conseguía llenar su estómago. El resto de comensales seguían mirándolo con asombro. En el aparato de televisión “El resplandor” había vuelto a empezar.

Seguramente estaba estropeado y era lo único que tenían para visionar.

Al terminar, John sintió que la cena no había apaciguado su estómago y le pidió a la chica si le podía llevar otro trozo de pastel.

Ella le sirvió y volvió a sentarse en su mesa. John sentía una sensación rara. Por más que comía no lograba saciar el hambre.

Pero después de repetir no se atrevía a pedir nada más.

—¿Quiere un café?
—Está bien, gracias.

La chica volvió a levantarse para servirle el café.

—No quisiera ser molesto pero, ya que se ha levantado, ¿tendría algo para acompañar el café?

Un señor que estaba a dos mesas de distancia dijo en voz alta:

—Se ha quedado con hambre. No se esfuerce, nada de lo que coma conseguirá quitarle ese hambre atroz que siente.

La chica servía el café con los ojos desencajados ante tal comentario. El propietario pegó un grito.

—¡Bernie! Calla esa maldita bocaza sureña, ¡un poco de educación!

Bernie empezó a reír.

—Yo solamente digo que el muchacho no se impaciente, todos sabemos qué tipo de comida servís aquí.
—¡Mi comida es la mejor en muchos kilómetros a la redonda!—gritó el propietario.
—Demasiados kilómetros…—replicó Bernie.
—No pasa nada, la comida estaba deliciosa—aseguró John—es que llevo muchas horas conduciendo y tengo hambre.

Bernie volvió a reírse. John no acababa de entender a esa gente. Otro señor, quien estaba en la mesa justo detrás de la de John se giró y lo cogió del hombro.

—Oiga señor, ¿por casualidad al entrar se ha cruzado con Carl?

—Sinceramente, no he visto a nadie.

El señor apartó su mano del hombro de John y bajó la mirada al suelo con aire triste, como decepcionado.

—Había mucha niebla, puede que nos hayamos cruzado antes en la carretera.
—No, no… Carl acababa de salir por la puerta cuando usted entró. Lo ha tenido que ver. Era un chico joven, atlético y tenía una cicatriz en la mejilla izquierda.

El propietario se levantó de su silla y mientras recogía su mesa dijo:

—¿Tu también Gerald? Haced el favor de dejar en paz al chico, va a creer que estamos todos locos.

Fue a la cocina junto con la camarera, a lo que Gerald aprovechó para volver a coger a John del hombro y acercándose a su oído le dijo:

—No quiere que se sepa pero Carl, al igual que usted, es un visitante. Lo sé porque hace tiempo que no tenemos a ninguno.

[Continuará…]

Meggy Williams

Meggy Williams, escritora de novelas de terror y ciencia ficción nacida en los años ochenta en Barcelona. Leo y escribo mucho. Puedes comprar mi primera novela de terror "Los gatos dormidos no maúllan" aquí. Lee todos mis artículos y relatos de El Estado aquí.

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