Reforma laboral en Ecuador, la trampa de los bobos

Ni en los años 90, cuando el neoliberalismo estuvo en su máximo auge, los empresarios del Ecuador lograron lo que están logrando ahora. Su sueño dorado se ha hecho realidad: han quebrado definitivamente el principio histórico de defensa de los derechos laborales y ahora son claramente los dueños de todo lo que se vaya a hacer, decir o decidir al respecto. Han reivindicado la condición meramente instrumental de la “mano de obra”, y anulado la dimensión humana de aquellos que hacen realidad el trabajo que sostiene justamente a las empresas y a la sociedad.

Pero no lo hicieron solos. La ignominiosa “Reforma Laboral” que ahora quieren venderle al país no es obra exclusiva del empresariado insaciable. La destrucción de la institución de las 8 horas diarias de trabajo, la erradicación del pago de horas extras en horarios inhumanos, y la eliminación del derecho a la indemnización y reparación al trabajador en caso de despido no llevan solamente la estocada del gremio empresarial.

Quien ayudó a empuñar la daga que se ha clavado en las entrañas mismas de la dignidad obrera es su propia clase dirigente, en la que continúan enquistados algunos cuadros que no representan a nadie y que son funcionales a los intereses de sus propios antagonistas patronales.

El tema es grave. Muy grave. Los trabajadores están siendo utilizados por esa dirigencia sindical que se ha abrogado, de hecho, la capacidad de acordar con otros actores los delicados temas a los que me he referido. Esa cúpula sindical, claramente carente de representatividad, es la que está firmando “acuerdos” en los que sus representados quedan relegados a tontos útiles de un “diálogo tripartito” que no saben a dónde los está llevando.

Y para colmo, esos mismos dirigentes que con su firma expresaron estar de acuerdo con semejante agresión a derechos que se lograron varias décadas atrás, ahora salen ante los medios a clamar su indignación por lo pactado. ¿Alguien entiende tamaña desvergüenza?

Ahora Mesías Tatamuez se rasga las vestiduras y anuncia una huelga nacional que huele a teatro barato para idiotas. Él es uno de los directos responsables y cómplice de la debacle reformista que pone en la picota a los derechos de los trabajadores que dice representar. Se hace llamar “presidente de turno” del Frente Unitario de Trabajadores (FUT), en un turno que ha durado casi cuatro décadas y respecto del cual no se sabe cómo opera el procedimiento que deviene en su reiterada elección.

Ese dirigente encarna a la perfección la nula representatividad de la que adolece la clase obrera ecuatoriana desde mediados de los 80. Cómo abrigar confianza en alguien como Tatamuez que no representa a nadie y que “delega” a otro de su confianza como Édgar Sarango para reunirse con los empresarios y firmar sin beneficio de inventario todo lo que le han puesto delante.

Y ahora resulta que a Tatamuez no le gusta lo que aceptó con su firma Sarango, y llama a una huelga nacional. Un ratito, señores. ¿Qué diablos está pasando dentro del movimiento sindical? Este episodio no puede acabar con la convocatoria a una huelga. Sarango tiene que explicarle al país por qué firmó lo que firmó. Tatamuez tiene que explicarle al país porque envió a Sarango a esos diálogos con los empresarios, cuál era la agenda de negociación desde el lado sindical, cuáles eran las líneas rojas que tenían previstas y cuáles las disposiciones que se acordaron entre los trabajadores para que Sarango las defendiera ante sus interlocutores empresariales.

Sarango y Tatamuez tienen que aclararle al país cuál es su relación con el gremio de los empresarios y por qué el uno firmó un acuerdo claramente regresivo y atentatorio a los derechos laborales, y por qué el otro “no se ha dado cuenta” de lo que firmó su delegado y ahora llama a una “huelga nacional”, claramente cínica y conveniente para ellos dos, porque con eso creen que podrán lavarse la cara ante sus bases: a fin de cuentas llaman a una huelga que no revertirá nada de lo firmado, y saldrán a pasear con carteles rojos a la calle condenando los “voraces apetitos” de la clase empresarial, cuando han sido esos mismos dirigentes sindicales los que amarraron al chancho para que el patrón lo desposte.

La despreciable actuación de la dirigencia sindical es la que ha servido de trampolín para que las corporaciones de medios aprovecharan de inmediato el tinglado del supuesto acuerdo y promocionarlo como un “avance” respecto de las históricas desavenencias que siempre han existido entre trabajadores y empleadores.

Por canales de TV, emisoras de radio y periódicos aparecía únicamente el dirigente empresarial Rodrigo Gómez De La Torre explicando los alcances de las reformas, pero jamás salió a dar la cara Édgar Sarango que era la contraparte obrera.

¿Qué pasó ahí? ¿Marginación ex profesa desde los medios al supuesto dirigente de los trabajadores, o acuerdo entre él y las corporaciones de medios para que “por favor” no lo sacaran ante la opinión pública a explicar lo que firmó y así no desprestigiar al mentado “dirigente” ante sus bases?

Jamás se había caído tan bajo y claramente enfrentamos en este momento una grave coyuntura de crisis social. Lo peor es que se viene una nueva ronda de “negociaciones” y quienes se volverán a sentar ahí serán Tatamuez y Sarango para “defender” los derechos laborales de los trabajadores.

Ya vimos cómo ejercieron esa defensa. ¿Qué van a hacer las bases del movimiento? Más allá de lo nefasto que puede ser el momento actual, bien puede también convertirse en la mejor oportunidad para jubilar a la inoperante y no confiable cúpula sindical.

Eduardo Vásquez

Comunicador y analista. Animal político y superviviente de feriados bancarios, golpes blandos, fallidos retornos a la democracia y reincidentes refundaciones nacionales.

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