190 años con León Tolstói: ¿Cuánto cielo necesita un hombre?

El buen escritor, como el buen pan, se toma su tiempo para hacerse. La levadura del ingenio precisa de ese tiempo prolongado al calor de la experiencia para medrar hasta convertirse en una corteza sólida. La corteza, que no es más que la propia miga ya curtida y envejecida, pone la barrera a su propia esencia para dar por terminado el candeal y proteger el resto de las deliciosas etapas por las que este ha pasado. La juventud y la infancia son la miga protegida por la parte más limítrofe de nuestras vidas. Los años nos hornean y cuando llega el momento de entregarnos a la incertidumbre somos consumidos desde nuestra rudeza hasta el lado más tierno. Al fin y al cabo, todo sigue el sentido el tiempo hasta que este nos transforma en recuerdos repetidos por el eco humano, si tenemos suerte, o de los patos en caso de no haber dejado una huella significante. Como decía nuestro hoy homenajeado León Tolstói, pues del escritor ruso por excelencia trata esta celebración de natalicio: “Los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo”. Hace falta tener tiempo y paciencia para no caer en el olvido, para poder ser ese pan glorioso que resurge de la misma receta antigua y que continúa su legado culinario durante generaciones.

Nacido tal día como hoy en el año 1828 en Yasnaia Poliana -una vasta extensión dentro del condado de Tula, al sur de Moscú-, el conde  Lev Nikoláievich Tolstói (León Tolstói) es considerado uno de los escritores más importantes de todos los tiempos. Representante por excelencia junto con Fiódor Dostoyevski del realismo ruso, Tolstói cultivó un estilo artístico y una filosofía que cambiarían para siempre el curso de la humanidad. Poderoso hacendado e hijo de un noble y una princesa, León Tolstói fue un personaje controvertido dentro de la nobleza a la que pertenecía, pues su idealismo y voluntad de mejorar las condiciones de vida de los campesinos pobres hicieron del joven autor blanco de las críticas de las clases zaristas privilegiadas, que veían en él a un liberal -en el sentido decimonónico de la palabra- enemigo de las tradiciones y el respeto a los linajes.

Privado a edad temprana de sus padres, pues primero fue huérfano de madre a los 7 años y después de padre a los 9, León Tolstói fue criado por sus tíos en su Yasnaia Poliana natal; territorio gobernado por la familia Tolstói que contaba con una gran cantidad de tierras y cientos de siervos para cultivarlas. Durante este tiempo, sus familiares educan al pequeño León tal y como requería su posición social, con tutores alemanes y franceses que le enseñan lenguas y filosofía. Estos maestros contribuyen a darle a Tolstói una visión diferente del mundo y a introducir en el niño valores progresistas europeos que todavía no habían llegado a una Rusia rural y atrasada con respecto al resto de Europa.

Años más tarde, cuando León es ya un adolescente, abandona el lecho familiar para acudir a la prestigiosa universidad de Kazán, la más liberal de toda Rusia y de la que también salieron nombres populares como Vladimir Lenin. Tolstói era en aquellos momentos un joven inteligente, aunque también engolado y altivo. Consciente de su prodigiosa capacidad intelectual, talento y privilegiada posición económica, el universitario León empieza a vivir según unos valores de libertad individual y solipsismo. Comienza durante este tiempo con una larga etapa de promiscuidad sexual y acciones reprobables que se pasaría toda su vejez tratando de redimir. Además de esto, León Tolstói abandona sus primeros estudios en la carrera de Lenguas para matricularse posteriormente en la facultad de Derecho de la Universidad de Moscú, donde sí logra materializar sus estudios legislativos.

Después de obtener su título académico, el acaudalado León Tolstói se permite un lujo que no estaba al alcance de cualquiera: viajar por Europa. Al conocer países como Francia, Suiza, Italia, Alemania o Reino Unido, el escritor comienza a estar al corriente de la tendencia realista literaria y de los movimientos revolucionarios europeos que van calando inconscientemente en el genio. Tolstói regresa a su Rusia natal decepcionado por la situación de su país y con una voluntad clara de querer cambiar las cosas, empezando por su propia persona. “Todo el mundo habla de cambiar el mundo, pero nadie habla de cambiarse a sí mismo”, escribió.

León Tolstói el pedagogo

Fue este deseo de contribuir al bienestar social y al fomento de la cultura el que llevó a León a formar una escuela para educar a sus siervos en la Yasnaia Poliana de su propiedad. Como complemento a esta práctica, el autor fundó además una revista que también se llamaba así, Yasnaia Poliana. Sin embargo, no mucho tiempo después, el lozano Tolstói termina hastiado de su labor pedagógica. Su juventud, su falta experiencia y la dureza de tan ambiciosa labor hacen que el joven maestro se vea frustrado demasiado pronto, al no percibir resultados inmediatos. Aunque León Tolstói abandona definitivamente la docencia para dedicarse a otras actividades, esta etapa de su vida será determinante en su literatura ensayística futura. Una literatura con el claro objetivo de moralizar y cultivar a la población.

Superada esta compleja fase, el conde Tolstói solo quiere abandonar su hogar para conocer y experimentar otros lugares. En el año 1849 se trasladará a Moscú, donde es aceptado en la sociedad aristocrática de la Corte de Kremlim, una especie de club social elitista de valores hedonistas. Aunque en un primer momento es popular entre los miembros de la Corte, las ideas de igualdad y solidaridad que quiso inculcar a la clase poderosa le valieron el desprecio de sus semejantes y el ser calificado como “un noble que iba contra los intereses de su clase social”. Durante esa etapa León Tolstói es capaz de percatarse también de su contradictoria forma de vida. A pesar de su mensaje y sus ideas, él lleva una vida de despilfarro, vicios e impulsos sexuales desenfrenados.  Es conocido que Tolstoi tuvo antes de su matrimonio infinidad de amantes, además de haber recurrido asiduamente a meretrices para saciar sus apetencias, tal y como se refleja en sus diarios. 

Sus primeros relatos: una serie de recuerdos

León Tolstói comienza a escribir su primera obra a la edad de 23 años. Lo hace en sus ratos libres mientras se encuentra en el Cáucaso, enrolado en el ejército zarista al que se había unido atraído por los valores de camaradería, moralidad y valentía de unos soldados a los que conoció mientras visitaba a su hermano en una localidad cerca de Kazán. Su decisión precipitada de unirse a las tropas favorables al Zar hacen que el gallardo León Tolstói llegue a ser oficial de rango. Casi de inmediato, el conde se verá luchando- a pesar de los dilemas éticos que le suponía hacerlo- contra las diferentes etnias y facciones sublevadas de las colinas.  Durante esta etapa, León Tolstói ocupa su tiempo de descanso en el oficio militar en escribir una trilogía autobiográfica. Así en 1852 publica Infancia; en 1854, Adolescencia y en 1856, Juventud. Obras que tratan de las diferentes etapas de la vida del escritor a través de una mirada crítica, analítica y reflexiva. Lejos de sentimentalismos o retórica innecesaria, el autor analiza a través de su experiencia el desarrollo moral y personal del ser humano a lo largo del tiempo. En el libro Infancia está reflejada una idea pedagógica adelantada a su tiempo: se debe respetar la personalidad del niño.

Estas obras y algunas de carácter más o menos autobiográfico son las que encumbran y comienzan a dar reconocimiento nacional a León Tolstói. Este impulso y acogida del público hacen que continúe escribiendo con cada vez más coraje y valentía, hasta atreverse a cultivar grandiosamente el ensayo y, sobre todo, la novela. Tolstói tuvo durante estos años contacto con otros escritores de su generación, en concreto, con Goncharov y Turgueniev, pero nunca con Dostoievski.

La siguiente obra que le impulsará hacia el cultivo de su propio estilo será Sebastopol (1856), un conjunto de tres historias que tratan sobre la Guerra de Crimea. La publicación se trata en realidad de una crítica a los horrores provocados por las guerras y una desmitificación del falso heroísmo atribuido a los mandos militares aristócratas, en contraposición a la valentía real de los soldados comunes -el pueblo-. Aunque la sociedad zarista se quedó desconcertada al ver cómo un conde atacaba en sus escritos a su propia clase social, la gran calidad de la obra le otorgó a León Tolstói un nuevo triunfo dentro de su carrera literaria, pues tuvo una gran acogida.

El mismo año de la publicación de Sebastopol, un realizado León Tolstói volverá a intentar trabajar por la educación de sus siervos. Recordemos que en este momento es ya un autor exitoso y conocido. El contar con mayores recursos, experiencia y el ejemplo de las escuelas alemanas del Reich hace que este segundo intento de alfabetización de la población campesina sea mucho más exitoso.

Guerra y paz y Anna Karenina

León Tolstói encuentra la paz y la felicidad necesarias cuando conoce a la que será su esposa,  Sofía Andréievna
Bers (Sonia), una acaudalada descendiente de una familia aristocrática moscovita de tan solo 18 años con la que contrae matrimonio en 1862, cuando él tiene ya 34. Con ella se decide a tener una vida rural, retirada y tranquila en las extensiones de Yasnaia Poliana. Durante esos años engendran hasta 13 hijos y, mientras que ella se encarga de su cuidado, Tolstói se aísla para comenzar su proyecto más ambicioso: Guerra y Paz.

León Tolstói comienza Guerra y paz en 1863 y la termina un lustro después. La novela se trata de un extenso relato épico que describe la contienda entre el pueblo ruso y el ejército napoleónico. Para poder escribir la historia con rigor y minuciosidad de detalles, Tolstói tuvo que realizar una labor de documentación muy ardua, lo cual justifica la lentitud en su avance. Guerra y Paz cuenta con más de quinientos personajes, algunos de los cuales son ficticios y otros reales (como Napoleón o el general Kutusov). Las batallas tratadas durante la trama argumental cuentan con abundancia de datos verídicos y están descritas con gran precisión de detalles. La enorme complejidad psicológica de cada uno de los personajes es también un pilar fundamental de la grandiosidad de la novela. Gracias al uso del narrador omnisciente intercalado con extendidas divagaciones, Guerra y Paz se convierte en una de las obras que lograrían el apogeo del movimiento realista ruso. La novela alcanzó el éxito a nivel mundial, mientras que en Rusia se entendió como la novela que define la «idea del pueblo ruso».

Por su parte, Anna Karenina, ocupa cuatro años de la vida del autor: desde 1873 a 1877. Narra la historia de Ana Karenina, una mujer casada y con una vida convencional y estable que rompe todos sus esquemas al enamorarse
de otro hombre. La novela cuenta con una fuerte carga crítica contra la hipocresía de la sociedad rusa
y sigue la tradición abierta por Madame Bovary de Flaubert. Al igual que Guerra y paz, Anna Karenina pertenece por sus características a la novela realista. Tal y como sucede con todas las obras literarias de Tolstói el tratamiento temporal de Anna Karenina logra un gran equilibrio entre tiempo real y tiempo narrativo (si bien la identificación plena resulta imposible). El narrador de Tolstói, siempre omnisciente, se convierte en Anna Karenina en un narrador omnisciente subjetivo que adopta siempre el punto de vista de Anna. El narrador subjetivo era el favorito del autor junto con el narrador imparcial y el omnipresente.

Sin embargo, Tolstói no solo es novelista durante este tiempo, sino que desarrolla también su faceta ensayística. Como ensayista, sus obras abordan tres temas fundamentales: la religión, la situación de Rusia, con la que es muy crítico, y la educación.

Tiempo de ensayo y religión

Tal y como sucede en su relato El Ahijado, Tolstói se pasa toda su vejez tratando de redimir los pecados de su juventud. Tras una gran crisis depresiva, León Tolstói se encierra en el cristianismo más acérrimo para dar lugar a su propia visión de la religión, a la que él define como tolstoismo. Una corriente practicada solo por él mismo y desvinculada de las doctrinas de la Iglesia Ortodoxa. En esta etapa de locura se empeña en seguir los escritos bíblicos al pie de la letra: vivir y vestir humildemente, ser austero, casto, amar al prójimo y proteger al campesino.

Para desgracia de la historia de la literatura universal, el Tolstói anciano abandona durante esta época (a partir de 1880) el cultivo de la novela. También se desatiende de su mujer y su familia para vivir sus últimos años en el retiro. León Tolstói se dedicará a partir de estos momentos a extender su mensaje a través de sus ensayos, considerando ahora la narrativa de ficción como una forma pecaminosa de cultivar la mentira.

El vestusto Tolstói decide volcar su alma para crear escritos con un contenido ético o moral. Escribe ensayos, artículos y relatos, donde trata sus manidos temas que abarcan siempre a Dios, la educación, la defensa al campesinado y la crítica a las instituciones de su país. Llega incluso a criticar al zar y a cuestionar las desigualdades sociales derivadas del sistema arcaico y esclavista de estamentos aún presente en Rusia. León Tolstói se convierte en un autor político incisivo, crudo y al servicio del pueblo. Un autor que llega a proponer medidas innovadoras y progresistas como la abolición de la propiedad privada. Sabiendo esto, no es de extrañar que futuros líderes revolucionarios como Martin Luther King o Mahatma Gandhi tuvieran como referente político a Tolstói.

Algunos de los nombres de estos ensayos son  ¿Qué debemos hacer, pues? (1894-96), donde arremete contra la explotación humana y la esclavitud a la que estaban sometidos los campesinos; ¿Qué es el arte? (1897-98), ensayo donde sostiene que el arte debe estar siempre al servicio del pueblo; o No puedo guardar silencio (1908), artículo contra la represión zarista tras el domingo rojo de 1905. A ello hay que añadir algunos relatos, entre los que destaca Las memorias de un loco, donde cuenta la historia de su propia transformación.

El Tolstói de los los últimos días

El Tolstói de los últimos días murió en la cabina del maquinista de una estación abandonada, como si quisiese emprender un viaje imposible hacia ninguna parte. Atacado por una complicada neumonía, el escritor había decidido pasar su última semana junto a su hija favorita y su médico de confianza. León Tolstói era extraño y ambicioso hasta para morir. Hasta cuando quería ser humilde era ambicioso, pues su ambición durante todos los tiempos fue que todo el mundo acatase la sencillez como forma de vida.

Al igual que como sucedió con el terrateniente de ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, que terminó mal por querer acaparar demasiado terreno, el León Tolstói retirado de una vida satisfacción y bienes materiales quiso, tal vez, abarcar demasiada divinidad, demasiado misticismo, demasiado cielo. A Tolstói le interesaba cambiar el mundo terrenal solo para poder abandonarlo en las mejores condiciones para el Dios que él creía que le esperaba.

¿Cuánta tierra necesitaba el conde Tolstói? Como escritor sabemos a cuántas tierras pudo llegar León Tolstói, tal vez a todas las de la nuestro planeta. Como hijo de Dios no sabemos ni si llegó al reino de los cielos, aunque por sus acciones lo mereciese. La pregunta en su caso no sería cuánta tierra necesita, sino cuánto cielo: ¿Cuánto cielo necesita un escritor? ¿Cuánto cielo necesita un hombre?

Responsable cultural en ElEstado.net. Sígueme en Twitter: @MartaCorbal

Marta Corbal

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