¿Es posible ultrajar símbolos? La patria no se resiente

Un amigo militar, tan vejestorio como yo, tal vez cansado de verme con camisetas playeras juveniles, pensaría que era hora de lucir una más acorde con mi edad. Conociendo mi convencimiento de que la última bandera legal de España fue la tricolor, me preguntó precavidamente si usaría una camiseta con la bandera constitucional. Mi respuesta fue un no rotundo, y su decisión fue no regalarme una de las muchas que tenía sin estrenar. Pensé en mi hija, que en lo de las banderas no ha salido a mí, pero su decisión era irrevocable, si no era para mí, como castigo, no sería para nadie de mi familia.

Conmigo, su intento de conversión de bandera fue fallido. Habría subido a todos las redes sociales habidas y por haber mi foto con la bandera monárquica proclamando a los cuatro vientos que además de rojo cobarde (de la generación que consintió la muerte de Franco en la cama), traidor a mis principios por un plato de camisetas.

Ese hombre, imbuido de su amor infinito a la patria, sintetizado en los símbolos que la representan, no es capaz de comprender mi animadversión a la bandera e himnos de la Constitución del 78. Ya no digamos del sistema político. Sus argumentos son contundentes, entre otros que hasta el Partido Comunista de España, y de facto los de ultraizquierda con su participación en el tramposo entramado electoral, aceptó todo lo que yo ahora no asumo como propio, pero no menos razonables son los míos de que existe la táctica, la estrategia y la pistola en la sien de quienes no aceptaran esa simbología en aquellos duros momentos.

Como mi explicación por derroteros solo políticos no llevarían a buen puerto la conversación, surqué los procelosos terrenos de los sentimientos. Yo también viví como él la exaltación de los símbolos en todos los órdenes de la vida, del familiar al municipal, del privado a lo religioso, todo estaba embriagado de bandera, himno y la lengua del imperio, ya no digamos del culto al Caudillo.

Y como si una apisonadora del tiempo hubiera pasado por España, ni rastro de los símbolos de la época más democrática del país, y cuando se les mencionaba, era para injuriarlos en el grado máximo. Para quienes vivían esos tiempos con placidez, esos símbolos calaron en sus más hondos sentimientos. Para quienes activa o pasivamente rechazábamos ese régimen ominoso, sus símbolos penetraron en nosotros como la representación del nacionalcatolicismo. Es decir, la bandera bicolor, la marcha real y la monarquía instaurada por el dictador, continuadora de la jefatura del Estado usurpada al pueblo español (ciertamente votada en la Constitución del 78, pero ya sabemos, o eso o la vuelta de los sables), es sentimentalmente asociada a unos tiempos oscuros y sangrientos.

En un principio, nuestra reacción puede considerarse primaria, no obstante, con un mínimo análisis racional de la situación española se comprende esa actitud porque en lo esencial el país no ha cambiado demasiado. Efectivamente, disfrutamos de un régimen de libertades formales, pero en un vistazo a los poderes del Estado se comprueba que la separación de poderes es inexistente, siendo controlados todos los poderes por un sistema partidista cerrado, por una democracia representativa de muy bajo nivel. En consecuencia, esos símbolos de la nación tienen continuidad con el régimen dictatorial que devolvió a España al Antiguo Régimen en pleno siglo XX. Y sus símbolos operan como estímulos que desencadenan el recuerdo a esa época negra de la historia hispana.

A mi interlocutor no le vale mi discurso. No concibe que la bicolor no me conmueva y erice mi vello, que las notas de la marcha real no aceleren mi corazón, o que la sola mención de la institución monárquica no me haga ver que España es una, grande y libre. Lo suyo es sentimiento, y no puede pretenderse que los propios sentimientos sean vividos igualmente por todos. Lo que para él representa el aglutinante de la patria común, para otros puede ser el repelente que desune. Cómo si no, cuando en un país que reconoce las autonomías de nacionalidades y regiones y estas enarbolan sus propios símbolos pacíficamente, la grey patriota estatal responde con la simbología nacional para acallar esos símbolos, cuando no para provocar reacciones violentas. Los primeros 4 de diciembre tras la muerte del dictador en Andalucía no fueron pocos los patriotas que salieron a ventanas y balcones, o a pie de manifestación reivindicativa, exhibiendo la rojigualda para contrarrestar la ola verdiblanca que inundaba las calles andaluzas. Por supuesto, la otra mano en posición del saludo fascista.

Mi amigo patriota me echa en cara que, por mi edad, la tricolor, el himno de Riego y la república no pueden provocar en mí lo que los auténticos símbolos españoles le hacen sentir a él, dado que no pueden evocarme ningún acontecimiento vivido. Por supuesto que esos tres elementos me transportan a un momento especial de la historia de España, pero le respondo que mis sentimientos se desbordan ante la bandera roja (no digamos si adornada con la estrella, la hoz y el martillo), la Internacional y el internacionalismo. Los tres alejados de su rancio patriotismo, lo cual me acerca a la apatridia según su concepto de pertenencia a una nación, más reprobable en quien ha gozado del designio divino de pertenecer a la nación española, España, nación civilizadora de imperios, España, nación misionera. Pero cuando lo fue, no gozaba de los símbolos actuales, ni siquiera era España, era Castilla la que sojuzgó a un continente entero. Terreno baldío entrar en la discusión de que los Reyes Católicos no dieron inicio a España.

Bueno, entremos en un análisis ontológico. Las banderas son un trozo de tela pintada, los himnos son vibraciones del aire y los sistemas políticos son contratos sociales. Si prendo fuego a una tela pintada que no sea una bandera, esa tela, como tela en sí, habrá sufrido ultraje. O cuando es cortada para hacer un traje, también es ultrajada, porque ha sido rasgada sin respetar su tamaño original. O cuando es hecha jirones para servir como trapo para limpiar el polvo. Si silbo cuando la banda de mi pueblo toca una charanga y rompo sus ondas sónicas, esas ondas, como ondas en sí, habrán sufrido ultraje. O agito un abanico y también interfiero su normal desarrollo. Si no consumo compulsivamente, el sistema capitalista monárquico en sí, habrá sufrido ultraje…

Pero, claro, la bandera no es una simple tela, ni el himno una simple obra musical, ni la monarquía un sistema político cualquiera. Por supuesto que, como seres inanimados, no sufren ni padecen; es la comunidad que los toma como propios, como los símbolos que representan su comunión nacional, la que se siente ultrajada. Sin embargo no todos los connacionales reaccionan con el mismo sentimiento ante un acto de desprecio a esos símbolos; unos desearán la muerte con el mayor sufrimiento posible a sus autores y otros no moverán un músculo de la cara. Para unos, entre ellos los redactores del último Código Penal, es un terrorífico agravio a la nación española, y para otros, entre los que me cuento, es un acto de libertad de expresión, que no comporta ningún daño contra las personas, solo contra los sentimientos, seguramente menos dañino que cuando rompe una pareja de adolescentes.

Afortunadamente, ya pocos españoles creen que la cruz en la que ajusticiaron al proscrito revolucionario Jesús es un símbolo de identificación nacional, aunque vista la deriva política actual tal vez si hubiera tardado unos meses en redactar este escrito habría tenido que incluirla. Dios sabe que a mi pesar.

Por cierto, le comenté al patriota que había leído que el treinta y tantos por ciento de los niños españoles están en riesgo de pobreza. Despectivamente, mientras abría la tapa del móvil adornada con la bandera bicolor, para responder a la llamada con la melodía de la marcha real, me contestó que qué mala suerte que haya tantos padres vagos en España.

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