El gimnasio (Parte 2)

El comisario seguía intentando arrancar un pedazo del suelo cada vez con más ímpetu. Las chicas le explicaron que al ser tan nuevo, la cola estaba muy pegada y que intentar quitarla sería como mínimo complicado. Además afearía mucho la estancia con lo bonito que les había quedado todo.

El hombre no entendía cómo una moqueta podía llegar a sentirse tan mullida bajo sus pies.

—»Voy a llamar a un compañero para que venga a ayudarme».
—»Mire comisario, siéntese aquí»—dijo Marie ofreciéndole un taburete de la barra—, «espere a que Claudia le traiga su vaso con agua. Relájese. ¿No va a pensar que tenemos los cadáveres de nuestros ex enterrados debajo de la moqueta?»

Todas empezaron a reír. Claudia volvió con el vaso de agua y se lo ofreció al policía.

«Mire»—balbuceó Claudia—, «no somos malas personas. No sabemos nada acerca de nuestras parejas y no queremos saber nada, la verdad
«Verán, no entiendo lo de la moqueta, sinceramente. Yo he tenido moqueta toda la vida y no he encontrado en cuarenta años este nivel de acolchado, vaya, me parece estar andando por un campo repleto de ositos de peluche.»

Las chicas se miraron con miedo. Ese policía llevaba más de una hora y media hurgando y eso no estaba bien. Tenían que hacer algo. Intentaron convencerle de volver al piso de arriba, para hablar con calma y sin ese olor desagradable. No hubo manera. El policía cogió el vaso y bebió un largo trago. Se giró hacía las chicas.

«Verán, siempre me he considerado un buen policía. Llevo más de cien casos cerrados con éxito a mis espaldas y he visto de todo. En la mayor parte de las desapariciones están involucrados familiares directos de la víctima. Es extraño encontrarse con secuestradores o asesinos que no conocieran a la víctima de antemano. Me he encontrado con padres, hijos, parejas… Y les aseguro que son tan poco profesionales que en menos de un par de semanas les tenemos cogidos. Que cinco chicos jóvenes lleven desaparecidos más de un mes… Me despierta como mínimo curiosidad. Ustedes aseguran que no saben nada acerca de ellos.»

«Como ya le hemos dicho»—dijo Claudia con un tono frío—«ni sabemos nada ni queremos saberlo.»
«¿Qué pasó para que eso sea así? ¿Qué les hicieron?»
«Mire comisario.» Claudia se acercó al policía y se inclinó hacía él señalándole el ojo derecho.
«Después de un mes ya no tengo nada. El día antes de la fiesta tenía el ojo morado. No me lo reventó de milagro. Se habrá percatado de la manera graciosa que tiene Dorothy de andar. No es gracioso. Mick le perforó un tendón importante con un cuchillo de cocina. Solamente porque la cena estaba fría. A Marie, John estuvo a punto de dejarla en silla de ruedas de una paliza. Betty sufría constantes vejaciones por parte de Will. Y a Ellen… Bueno, Ellen ha tenido que pasar un período de desintoxicación al crack ya que Brian le obligaba a tomar para no sentirse él como una mierda al hacerlo solo. Todo eso seguido de violaciones, gritos y golpes y más golpes que no se acababan nunca. ¿Puede entender ahora porqué no queremos saber nada de ellos?»

El policía hizo una pausa. Al ir a decir algo Claudia le cortó.

«Usted es policía. No nos venga con preguntas sobre por qué no les denunciamos. Sabe igual que nosotras que no hubiéramos hecho más que empeorar la situación. Los que van en serio no se amedrentan por un papel o por una orden de alejamiento. Eso solo los enciende más. Es matar o morir.»

La mirada de Claudia se clavó en los ojos del comisario. Este lo comprendió.

«Si por mi fuera, todos esos hijos de puta estarían bajo tierra. Pero soy policía. Estoy aquí para esclarecer los hechos y dar con la verdad. Soy tozudo, necesito saber la verdad para poder dormir por las noches. Y la verdad es, señoritas…»

Se quedó callado un buen rato. La chicas esperaban sus palabras.

«¿Tendrían una de esas cervezas de las que me han hablado?»

Claudia sacó una de la nevera y se la dio. El policía la abrió y dio un largo trago antes de continuar su discurso.

«La verdad es que he investigado un poco. Sus cinco ex parejas tenían algún que otro problemilla con hacienda. Deudas. Muchas.»

Se levantó del taburete y empezó a dar vueltas con la cerveza en la mano como si de Hércules Poirot se tratara.

«Así lo veo yo: cinco defraudadores se ponen de acuerdo y huyen el mismo día. Quizás a México. Todos cinco cogen cuatro cosas y se dan a la fuga antes de empezar a tener problemas gordos. Discuten con ustedes y ponen en práctica su plan. Largarse lo más lejos posible. A estas alturas podrían estar en cualquier lugar, quien sabe… Podrían estar en Australia. La policía no va a ir buscarles allí, se lo aseguro…».

Marie rompió a llorar tapándose la cara con las manos. Dorothy la abrazó.

«Sé que tiene que ser duro. Les contaré algo. Mi padre tenía la mano ligera conmigo y con mi madre. Me hubiera encantado tomar la justicia por mi propia mano, pero eso no hubiera estado bien. Tampoco me dio tiempo, el viejo murió de cirrosis mucho antes de yo terminar el instituto. Supongo que por eso me hice policía.»

Se terminó la cerveza en dos tragos y dejó la lata encima de la barra.

«Bueno, creo que hemos terminado. Estoy deseando salir de este sótano.»

El policía se dirigió hacía las escaleras y todas las chicas fueron detrás. Antes de llegar arriba, se giró.

«Extraoficialmente, desháganse de ese maldito ambientador. Quémenlo. Se sentirán mucho mejor. Hagan una barbacoa el fin de semana, por ejemplo.»

Las chicas acompañaron al agente hasta la salida. Al quedarse solas, un enorme sentimiento de liberación envolvió sus cuerpos y sus almas.

El sótano quedó vacío. Debajo de la moqueta manchada se escondía otra moqueta manchada, y otra, hasta contar cinco. La última escondía manchas de sangre imposibles de sacar con ningún detergente conocido. Charcos de sangre, charcos debajo de cada uno de los cinco sacos de boxeo. La piel de la que estaban hechos no había podido resistir el goteo incesante de cinco cuerpos que yacían inmóviles. Muertos hacía una semana tan solo. Cuerpos que habían servido como saco de boxeo a nuestras cinco heroínas que se habían desahogado día tras día desde el mismo día de la fiesta. Murieron a base de golpes, gritos, cortes y vejaciones. Eso era lo que merecían. Ese había sido su destino. Casi un mes agonizando. El agente tenía razón. El ambientador ya empezaba a ser repulsivo. El domingo harían una buena barbacoa.

Meggy Williams

Meggy Williams, escritora de novelas de terror y ciencia ficción nacida en los años ochenta en Barcelona. Leo y escribo mucho. Puedes comprar mi primera novela de terror "Los gatos dormidos no maúllan" aquí. Lee todos mis artículos y relatos de El Estado aquí.

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