La verdad sobre las protestas en Irán

El 28 de diciembre, como si de una inocentada se tratase, los medios de comunicación masivos comenzaron, tímidamente al principio, a tratar las protestas populares en Irán. Como quiera que éstas no se detuvieron -no olvidemos que la constitución iraní reconoce el derecho de manifestación-, el interés mediático continuó creciendo, en cantidad y atrevimiento, llegando a aseverar a las claras durante todo este principio de año que se trataba, no ya de protestas, sino de una suerte de «revolución» a la árabe contra la «teocracia» y la República Islámica en sí.

Sin embargo, la realidad choca frontalmente con el enfoque sesgado de dichas noticias. Por ejemplo, la pérdida de fuelle de las protestas desde hace unos días no hace pensar en una revolución contra toda la estructura del estado persa, sino más bien en protestas espontáneas contra aspectos coyunturales presentes en la actual economía y política de Irán. Es fácil suponer que un electorado que participó en un 73% en las últimas elecciones del país -porcentaje superior al equivalente en el Reino Unido (66%) y los Estados Unidos (55%)- no está en desacuerdo con el sistema de gobierno ni con la naturaleza del estado. Máxime cuando la política exterior iraní pasa por un momento dulce, al haber conseguido vencer a Daesh en Siria e Iraq, manteniendo a las comunidades chiítas en el poder en estos países y convirtiéndolas, así, en élites agradecidas y aliadas.

Por otra parte, la reciente detección de injerencias extranjeras en las protestas que ha llevado a la creación el pasado martes de una comisión parlamentaria para su investigación, arroja serias dudas sobre las verdaderas motivaciones de dichas manifestaciones.

Sin embargo, sí hay razones para el descontento del pueblo iraní y para la preocupación de sus dirigentes. La bajada en los precios del petróleo, que lleva ya varios años castigando las economías de Oriente Medio, no ha hecho una excepción con Irán. Al empeoramiento de las condiciones de vida del común de los iraníes, se ha unido la consecuencias de las políticas liberales aplicadas en los últimos años en la República Islámica. Sin llegar a los extremos de otros países en desarrollo, lo cierto es que la riqueza se ha ido concentrando progresivamente en menos manos y las redes sociales suponen una tentación demasiado grande para los jóvenes hijos de estos nuevos y no tan nuevos ricos, que muestran su ropa de marca y su alto nivel de vida con la impudicia que caracteriza a la adolescencia. No resulta tan raro como antes ver un Maserati o un Porsche atravesando las atestadas calles de Teherán entre autobuses llenos de gente y coches viejos y abollados.

Todo esto no se trata, como se nos quiere hacer ver, de una especie de «primavera persa«, lista para abrir las puertas a la injerencia occidental en Irán, pero sí es una seria y grave llamada de atención para un régimen que hace 40 años llegó al poder de la mano del descontento contra opulento Shah y que puede caer en el propio error que corrigió si no aplica más pronto que tarde medidas socializadoras de la economía que justifiquen la raíz moral y ética del poder en el país.

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