Bernie Sanders y América Latina: ¿amor imposible?

Estamos a un año y medio de lo que podría significar otro quiebre histórico en la democracia de los Estados Unidos. Sí, tal y como ocurrió cuando el supremacista de extrema derecha Donald Trump ascendió al poder en 2016, rompiendo décadas de hegemonía de un centrismo corporativista tradicional demócrata-republicano, que acabó por devaluar la calidad de vida de millones de norteamericanos blancos, destrozó la infraestructura industrial estadounidense, incrementó de manera brutal la brecha de clases y entronizó a una élite financiera que usa la plataforma real y propagandística de los Estados Unidos como gran potencia hegemónica, para controlar de manera arbitraria y unilateral el mercado mundial a su conveniencia.

Pese a que falta un buen tiempo hasta que ocurran las elecciones del martes 3 de noviembre de 2020, tenemos clara una mitad del escenario electoral: Donald Trump se postulará para la reelección, apoyado por los supremacistas radicales blancos anglosajones protestantes (WASP), pese a la oposición de la élite republicana que quiere volver a la conveniente estabilidad del centro y que, a menos de que expulsen a Trump de sus filas o maniobren fuertemente en las primarias que se realizarán en la primera mitad del año próximo, no podrán poner otro candidato que no sea quien actualmente ocupa el despacho oval de la Casa Blanca.

La gran interrogante subyace en la otra mitad del escenario político. El lado demócrata está, como nunca antes, dividido entre tres facciones claramente definidas: los centristas tradicionales que están barajando la posibilidad de postular a Nancy Pelosi, muy conveniente para el cártel ClintonObama y el corporativismo financiero que representan; aquellos más cercanos a la socialdemocracia con Bernie Sanders a la cabeza; y el ala demócrata más radical de izquierda que, incluso, ha hecho del calentamiento callejero una de sus banderas de lucha, bajo el liderazgo de los autodenominados Antifa, que tienen su cara visible en la joven e irreverente Alexandra Ocasio-Cortez.

Ahora bien, más allá de la dinámica política partidista no se deben perder de vista varios factores. Uno de ellos, el arcaico sistema de elección indirecta que existe en los Estados Unidos, y que poco tiene de democrático, pareciéndose más bien a una especie de monarquía parlamentaria, factor que justamente ha sostenido la vigencia de una aristocracia bipartidista de hecho, cuya hegemonía continúa intacta.

A la larga, los electores comunes y corrientes no son quienes escogen al presidente de esa nación, sino los 538 integrantes del Colegio Electoral que, como sabemos, emiten sus dictámenes ya sea guiados por la costumbre histórica de un estado específico de decantarse en favor de uno de los dos partidos tradicionales, o por el cabildeo que esos partidos despliegan para lograr un voto favorable en el todopoderoso órgano colegiado.

Vemos entonces que la mayoría demográfica real no manda en los Estados Unidos, sino una élite. El punto es importante porque de allí parte toda una lógica corporativista que es la que marca la cancha en la que se define el perfil de quien será el futuro huésped de la Casa Blanca.

En ese contexto, Trump, quien ha sido mucho más blofista y mucho menos belicista que sus antecesores Clinton, Bush Jr. y Obama, tiene serias posibilidades de reelegirse. Ha impulsado exenciones tributarias a los grupos poderosos y sigue blandiendo el discurso racista que tan bien cae en el grupo de blancos desempleados quienes, pese a que el aparato productivo norteamericano no termina de reactivarse, ven con irremediable esperanza que, al menos, Trump intente “obligar” a otros países a trasladar sus capacidades industriales y fabriles a los Estados Unidos.

Dada la coyuntura geopolítica actual, será muy difícil, por no decir imposible, que el partido demócrata auspicie la candidatura de un socialdemócrata como Bernie Sanders y mucho menos la de una socialista como Ocasio-Cortez. Es muy probable que busquen un candidato de centro como Pelosi, que se encuadra en el perfil favorito de los Clinton y los Obama.

En ese caso, Bernie Sanders tendrá que participar con un movimiento por fuera del bipartidismo y su intento podría convertirse en un fracaso. Sin embargo, ¿qué pasaría si, contra todos los pronósticos, Bernie corriera independientemente y lograra llegar a la Presidencia de los Estados Unidos? Pues, creo que no mucho.

Está claro que el poder no está en la Casa Blanca sino más bien en Wall Street y que el gran andamiaje político interno y externo de los Estados Unidos no responde a otro objetivo que no sea el de mantener las condiciones para que el dólar siga siendo la herramienta indispensable que apalanca la supremacía de la nación a nivel mundial.

La Doctrina Monroe no desaparecerá, con o sin Bernie Sanders en la Presidencia. Todo lo contrario, se radicalizará aún más. El hecho es que hemos llegado al final de la unipolaridad planetaria y comienza a surgir un nuevo orden tripolar que ya es incontenible para los Estados Unidos.

Rusia, con su renovada e impresionante capacidad tecnológico-militar, y China con su arrollador y exponencial crecimiento económico han comenzado a imponer nuevas reglas de juego, y sin la anuencia de los estadounidenses ya empezó la repartición estratégica regional del mundo. Rusia, tarde o temprano, tendrá mucho mayor influencia en la Unión Europea, que también podría ver acercarse su final como bloque (el Brexit es una señal de ello), y China está consolidando un potentísimo cinturón comercial con sus tres proyectos de la Ruta de la Seda que abarcarán África y Eurasia, con la intención, además, de acercar el Pacífico de costa a costa.

A los Estados Unidos, y más específicamente a los poderosísimos grupos económicos aglutinados en las corporaciones dedicadas a la especulación financiera, no le quedará más alternativa que afianzar dominio sobre su “espacio vital”, es decir América Latina, para seguir jugando en las ligas mayores de ese mundo tripolar, sin importar la afinidad ideológica del presidente que llegue.

América toda es y seguirá siendo para los “americanos” (entiéndase estadounidenses); de hecho, la partida petrolera, por ejemplo, prácticamente está ya en el bolsillo de esos intereses al haber sometido a Canadá y México a plantear sus políticas energéticas en función del bloque de América del Norte, faltándole únicamente Venezuela para cerrar ese circuito a nivel macrorregional. Eso explica la desesperación de los Estados Unidos por intervenir política, económica y militarmente en el país sudamericano.

El pragmatismo analítico nos dice que en el eventual escenario de que Bernie Sanders llegase al poder en los Estados Unidos, ocurriría una situación similar a la de Barak Obama: el mundo vio esperanzado el ascenso de un presidente negro que llegó con un discurso de cambio, y que terminó siendo prisionero de la pesada maquinaria institucional estadounidense para convertirse en más de lo mismo.

Será eso o, si persiste la tozudez izquierdista del senador de Vermont, un desenlace quizá trágico. A John F. Kennedy lo asesinaron en un complot urdido entre las mafias criminales y el propio establishment oficial, por mucho menos que lo que reivindica discursivamente Bernie Sanders.

Carlos Salvador

Comunicador Social por la Universidad Central del Ecuador. Periodista, "escribidor", guitarrero, melómano, padre, hijo y espíritu raro.

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