Unidas, podemos

El pásado sábado, tras ver en directo a través del canal 24 horas de Radiotelevisión Española la entrada en campaña de Pablo Iglesias y, con él, del único partido político progresista que existe hoy en EspañaUnidas Podemos-, respiramos aliviados. Pues, a la luz de lo escuchado y visto en la Plaza del Reina Sofía durante el atardecer  del 23 de marzo, aquella angustiosa pregunta con la que concluíamos nuestro artículo “Unidas Podemos frente al 28A: ¿Reforma o ruptura?”, una duda que rezaba “¿Va la izquierda de nuestro país a ser y, por tanto, a luchar, como la izquierda que siempre ha sido y que en estos graves momentos debe ser?”, fue respondida categóricamente: SÍ.

En la actual coyuntura política nacional, una situación general que viene definida por la llegada a nuestro país de la ola reaccionaria mundial -una ola la cual, al romper en nuestro reino, ha alzado la espuma fascista (recordemos que España fue el único país del mundo donde el fascismo clásico venció) refugiada en el Partido Popular y Ciudadanos, desacomplejándola e, incluso, fortaleciéndola al darle una nueva, más contemporánea y americanizada forma (VOX)-, Unidas Podemos ha optado, como no podía ser de otra manera, por el enfrentamiento con dicha reacción, ha optado por la lucha.

Y no puede ser de otro modo. Pues aquella ola no es otra cosa que una verdadera contrarrevolución neoliberal global la cual trata de, sin ningún tipo de escrúpulo ni de piedad, conformar el mundo bajo los nuevos intereses, bajo la nueva perspectiva u óptica de las clases sociales propietarias (o élite dominante mundial). Una ofensiva reaccionaria la cual, como fenómeno histórico o universal, se halla silenciosa y en desarrollo desde hace mucho tiempo.

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En concreto, desde la aparición de la denominada -en el ámbito de la ciencia o teoría económicas- Escuela de Chicago y la transformación de sus ideas (neoliberalismo) en una serie de medidas políticas implementadas (gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan) las cuales, reproduciéndose por las diferentes sociedades/democracias occidentales mediante la presión que ejercen la deuda y la necesidad de financiación públicas, han acabado por convertirse en el modelo económico imperante.

Un neoliberalismo que no consiste única y simplemente en la raíz, el cómo y el sentido de los ministerios de economía o de la actividad productiva nacionales, sino que, tal y como todos sabemos, en virtud de su ser el paradigma económico posee una vertiente política y, lo más importante, una dimensión social. El desmantelamiento del estado del bienestar (recortes), la privatización de los servicios públicos y de la forma de gestión de las empresas públicas o la desregulación de los mercados (incluyendo, obviamente, el financiero), todo ello, crea un incremento de las diferencias entre los grupos sociales que tienen (poco o mucho, pero tienen) y las clases sociales que no tienen.

Unas diferencias, un desequilibrio en las condiciones y en la calidad de vida -laboral o cotidiana- de los miembros de cada uno de estos grupos que llevan, por un lado (lado propietario), a exigir que dichas condiciones y calidad vitales se mantengan (partidos conservadores o derecha); y paralelamente, por el otro (lado no propietario), a exigir que dichas condiciones y calidad vitales sean derogadas en virtud del sufrimiento que provocan (partidos progresistas o izquierda). De hecho, un sufrimiento que resulta mayoritario en la población, en el censo.

Porque esas diferencias vitales, porque aquel desequilibrio social al que nos hemos referido en el párrafo anterior, en nuestro actual presente o momento neoliberal, son ya directamente dolor, frío, paro, hambre, pérdida de derechos civiles y laborales, en definitiva, sufrimiento para los humildes. Y ante esto, ante la verdad, la izquierda sólo puede responder con la verdad, sólo puede ser auténtica izquierda.

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No centroizquierda, no socialismo amarillo o PSOE: Izquierda. Ésta es hoy la única posición y el único discurso políticos capaces de convencer y, por tanto, de vencer. Porque, tal y como confirma el auge conservador mundial, la vía socialdemócrata ha quebrado.

Creer infantilmente, una vez han sido desmentidas las promesas y echadas atrás las reformas “definitivas” conquistadas por los, aparentemente, eficientes al servicio de la masa obrera partidos socialistas europeos, que a través de gobiernos socialdemócratas mejorará la vida de la población humilde y trabajadora; o lo que es lo mismo, pensar cándidamente que un aluvión de “papeletas socialistas” -bajo el marco de una “democracia pura” muy fragmentada y mayoritariamente formada por opciones conservadoras de carácter nacionalcapitalista borbónico (pues no olvidemos que todo régimen de poder posee una naturaleza de clase, y la fascistoburguesa borbónica es la del parlamentarismo español)- permitirán el fin del dolor de los grupos sociales humildes de España, es de una ingenuidad estremecedora.

Pero eso no va ocurrir. Afortunadamente, la experiencia acumulada por la mayoría de la población española a lo largo de los últimos diez años (final del mandato de Jose Luis Rodríguez Zapatero y la legislatura y media de mandato de Mariano Rajoy), ha educado a las masas. Hoy sólo debe recordárseles, uniendo a este hacer memoria un sencillo y sincero mensaje de confianza en ellas, todo aquello que vivieron y que han convertido en su pasado social y personal. Un íntimo (y por tanto, sólido) aprendizaje por experiencia el cual, combinado con:

  • En primer término, la ofensiva neoliberal mundial.
  • En segundo lugar, el austericidio con el que se hizo frente a la crisis financiera global y la complicidad socialdemócrata.
  • Finalmente, el conflicto catalán y la en curso limitación y/o supresión de los derechos y libertades civiles que el uso mediático de dicho conflicto está tratando de ocultar pero que se está observando y experimentando públicamente.

Un íntimo y sólido convencimiento, decíamos, el cual, socialmente bajo una forma de agudo malestar sedimentado y de lacerante sufrimiento persistente, sólo puede adoptar la forma de confianza en un partido político de izquierda; es decir, la forma del voto para Unidas Podemos.

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