¿Es Carles Puigdemont un político de izquierdas?

La figura del president Carles Puigdemont es un caso especial en la política catalana. Fue el primer alcalde no socialista de Girona, después de 32 años de PSC y de pasar una legislatura en la oposición. Consiguió la alcaldía en uno de los fuertes socialistas indiscutibles de Cataluña; el otro es Lleida. Fue el sustituto de Artur Mas en la presidencia de la Generalitat, a su vez sucesor del patrón absoluto de Convergència, Jordi Pujol.

Artur Mas ganó las elecciones de 2015 a presidente de la Generalitat formando parte de la coalición Junts pel Sí (ERC y PdeCAT); sin embargo no tenía los apoyos suficientes para ser nombrado presidente. Los partidos de ámbito nacional no le dieron su apoyo y el único que se podía plantear ayudar a la investidura de Mas, la CUP, no cedió y forzó a que dejara paso.

El nuevo president, acordado con la CUP, era un desconocido por todos, excepto para los ciudadanos de Girona, Carles Puigdemont.

Carles Puigdemont fue uno de los fundadores de las juventudes de Convergència en la provincia de Girona, partido al que se unió a los 20 años. Siempre formó parte del sector más independentista del partido nacionalista catalán.

¿Era Convergència un partido de derechas? Hay pocas dudas. Convergència era un partido conservador, muy ligado a la figura de Jordi Pujol, su fundador y principal líder. Sin embargo, el arraigo del partido en el territorio y el carisma de Pujol hicieron que Convergència fuera un partido transversal con votantes de toda condición social.

La habilidad de Pujol, su apariencia de botiguer -tendedero-, su estudiada espontaneidad y su discurso de nacionalismo pragmático construyó la imagen del político más necesario para Cataluña, el mejor para negociar con Madrid.

Al final se trataban de migajas y Pujol era más bien un encargado del estado que velaba por los intereses españoles, para que no se desmadrara el nacionalismo y no creciera el independentismo. Convergència no era un partido independentista aunque absorbía muchos perfiles que sí lo eran. La prueba es que cuando Pujol se retiró, todo saltó por los aires. También ayudó la política anticatalanista del Partido Popular, orientada a captar el voto más visceral.

Puigdemont, como alcalde de Girona, tuvo un par de encontronazos con la CUP por la gestión turística de la ciudad y los cargos de confianza del ayuntamiento. Fiscalía anticorrupción abrió una investigación sobre el Caso Santos. Se caracterizó por un modelo económico liberal, dentro de lo que permite el ámbito municipal y por traer la serie Juego de Tronos a la ciudad.

Cuando dio el salto a la Generalitat tuvo que pactar políticas exclusivamente con sus socios independentistas que eran dos formaciones de izquierdas como ERC, más cercana a la socialdemocracia y la CUP, una confluencia de partidos y entidades de ideología socialista y anticapitalista.

A pesar de tratarse de una legislatura que tenía como principal objetivo conseguir, el Parlament, con el apoyo de Junts pel Sí y las CUP, aprobó leyes como las de renta básica o pobreza enérgetica, por ejemplo, que claramente tenían un objetivo progresista. Ambas leyes no se aplicaron por la intervención del Tribunal Constitucional que se pasó la legislatura con el ojo puesto en la región.

En octubre de 2017 se celebró el Referéndum por la Independencia de Cataluña y el choque de trenes entre el govern y el gobierno central se concretó en una jornada marcada por el desafío al estado y la violencia inútil que este aplicó para impedirlo. A partir de allí la historia es conocida: presos políticos, exilio para otros, aplicación del 155, destitución del govern de la Generalitat, elecciones del 21D, e impedimento para investir a Puigdemont como presidente.

Con su exilio en Waterloo Carles Puigdemont se convirtió en un símbolo de desafío al estado, su obstinación ha provocado la caída de dos gobiernos españoles. Es conocida la consigna que dio a los miembros de su partido de que se debía aprobar la moción de censura a Mariano Rajoy y no se debían aprobar los presupuestos de Pedro Sánchez. Su astucia y su proyección exterior permiten, además, poner en evidencia al estado y la monarquía a día de hoy es quien más ha evidenciado la descomposición Régimen del 78.

¿Es esto suficiente para presentarlo como un político de izquierdas cuando las políticas que aplicó en Girona, que no venían marcadas por el debate territorial, eran liberales en lo económico? Es evidente que no. Además, Puigdemont ha mostrado críticas hacia la Unión Soviética, a la que equiparó con el nazismo o a Cuba, y ha mostrado sus simpatías por el estado de Israel y por el movimiento EuroMaidan.

El Estado español es anómalo en muchas cosas, debido principalmente a que el dictador de un régimen fascista de principios de siglo murió en la cama, caso único en Europa. Ser de derechas está mal visto, repugna el concepto de la misma manera que lo hizo la rojigualda hasta hace bien poco. Ser de derechas es sinónimo en el lenguaje popular de ser facha. En Cataluña esta distorsión todavía está más acentuada.

Por este motivo cuesta mucho considerar a un político como Puigdemont de derechas, siendo archienemigo de la derecha dura española. No hay que olvidar que Convergència tuvo pocos problemas en pactar con el PP hasta que se rompió la baraja, incluso sostuvo el primer gobierno de José Maria Aznar. También se dice que Puigdemont va por libre, que no se trata un convergente al uso.

Sea como fuere, parece claro que Puigdemont se trata de un político conservador aunque alejado de la derecha española más dura, un político capaz de pactar con izquierdas más radicales de lo habitual para Convergència, siempre priorizando el eje nacional.

Los dos ejes de la política catalana, social y territorial, se mezclan para crear un cuadro electoral con múltiples matices que permite alianzas que serían impensables si se valoraran en un una dicotomía izquierda – derecha.

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