La gran amenaza de la cultura urbana, «el no discurso»

«Qué buenos tiempos aquellos«, frase que hemos escuchado infinidad de veces y que es patrimonio universal de los más grandes. Para los mayores «su época» siempre fue la mejor en comparación con «la decadente actualidad» y sí… A todos nos llega ese momento.

En estos días acabo de lanzar mi nuevo clip #Quieren Flow, adelanto de mi próximo disco «Rap Político» y nos llegó la hora de añorar el pasado, repito, a todos nos llega.

En el estribillo decimos algo así como que nuestros adolescentes y jóvenes ya no buscan letras a la hora de escuchar música, puntualmente en el nicho del rap, cuya impronta de letras elaboradas y profundas lo hace más llamativo, y que solo quieren «FLOW«.

Para el que no tenga claro de que se trata esto del flow, vendría a ser la manera en la que el artista fluye sobre la instrumental, las cadencias, el estilo, la velocidad y las formas de encajar las frases en el ritmo, que cuanto más variadas y complejas son estas, mejor es la valoración del flow del rapero en cuestión.

Hace más de una década cuando empecé en esta historia de rimar, por supuesto que el estilo era importante, pero lo que nos llevaba a escuchar y valorar una canción era la composición telúrica de la misma. Ver quien se despachaba con la mejor referencia al barrio, el concepto más profundo o la ironía mas ingeniosa.

El rap es música de autor y así como el nombre del género lo indica: «Ritmo y Poesía», un rapero que se precie debía combinar la habilidad de destacar sobre el ritmo y tener dotes poéticas, cuestión que puede ser subjetiva, pero que vamos a intentar precisar con ejemplos a continuación.

Raperos siempre hubo para todos los gustos, de calle, gangsters, filosóficos, introspectivos, políticos, fiesteros y un sin número de etcéteras, pero todos ellos tenían algo que decir, una historia que contar. En mis comienzos había grandes rencillas entre los artistas que tenían una propuesta más superficial o pasatista, con los que buscaban darle un rol social al hip hop, algunos exaltaban el consumo de drogas y otros rimaban en contra de ellas, y la cultura urbana era un gran hervidero político y social donde la disputa de ideas estaba siempre presente.

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A día de hoy incluso extraño a aquellos grupos que proponían cosas opuestas a las mías. ¡Al menos proponían algo! Asistimos en estos últimos años a un fenómeno nuevo que yo llamo «el no discurso«, en el que la consigna es comunicar lo menos posible, nada, reducir el contenido a la mínima expresión, pero eso sí, con flow.

Decía que la cuestión poética es algo subjetivo, hay propuestas que despojadas de cualquier recurso literario y desde la más absoluta simpleza logran emocionar y llegar hasta el hueso, y hay otras que recurriendo a la más amplia variedad de metáforas, comparaciones e imágenes sensoriales no logran movernos un pelo.

Pero imagino que les pasará como a mí, que me cuesta bastante encontrarle la poesía a canciones de una sola palabra, o dos, o tres. Ejemplos sobran, «Demasiado Piki, Piki, Piki, Piki«, «Krippy, Krippy, Krippy, Krippy» y varias otras que de a poco van imponiendo la tendencia de decir cada vez menos, que el rap tan crítico del pop liviano pase a tener menos contenido que cualquier hit pasatista de los últimos 20 años.

Duran Barba, gurú del marketing político y asesor de Mauricio Macri, presidente argentino, dice en su libro «El arte de ganar» que los electores son como animalitos que se mueven por impulsos y que para comunicarles de manera efectiva hay que hablarles como a niños de 4 años. Por eso tenemos la absoluta certeza de que la industria cultural es una de las grandes modeladoras de esa sociedad a la que hay que hablarle como si tuviera un promedio de edad de 4 años.

A menudo escucho a colegas decir «llegamos, la música urbana logró escalar al top ten«, «¿cómo no te vas a alegrar de que los pibes la esten rompiendo?» o el clásico «es envidia a determinado artista por su repercusión«.

La triste realidad es que no llegamos con nuestra cultura urbana a la cima de la industria musical, la industria quebró la voluntad colectiva de nuestro género, lo desvirtuó, le quitó todo su potencial de transformación, le puso una mordaza y lo ubicó ahí en el top ten de los grandes medios a posar, a mostrar versatilidad moviendo las bocas sin que digan nada.

La música urbana no desplazó a la música chatarra, se transformó en ella. Por eso no puedo valorarlo como algo positivo, lo único que me alegra es ver a los pibes de los barrios teniendo éxito, alimentando a sus familias haciendo música que es algo maravilloso, y que hasta hace un tiempo estaba solo reservado para quienes tenían la suerte de nacer en una familia acomodada. Pero el daño a la cultura y a nuestra cultura en particular es enorme.

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Me gusta el flow, es nuestro trabajo decir las cosas de una manera distinta, que dé gusto escucharlas, pero jamás, jamás vamos a estropear una frase para hacerla más divertida, jamás vamos a parlotear 4 minutos sin decir nada, nunca vamos a rapear la mitad del tema en otro idioma por no lograr domar al español como los gringos cabalgan su inglés.

Se que no soy el único y que hay miles de colegas trabajando duro para que el rap siga siendo la expresión genuina de los trabajadores, de los humildes y los oprimidos, o por lo menos en la expresión de algo que vale la pena ser expresado.

Les comparto el estreno de #QuierenFlow y los espero en Twitter para compartir sus puntos de vista. Me ubican como @DevitaDobleD y a menudo por este gran medio de comunicación llamado ElEstado.Net

¡Venceremos!

Daniel Devita

Rapero, músico y escritor argentino comprometido con la emancipación de Latinoamérica y El Caribe.

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